Las Publicaciones de Patrimoni - PEU

Las publicaciones de Patrimoni-PEU se articulan alrededor de tres ejes principales: la definición y actualización del concepto de patrimonio cultural, su socialización (educación patrimonial e interpretación del patrimonio) y la búsqueda de redes y modelos de intercambio y generación de conocimiento, práctica y experiencia alrededor del patrimonio (las comunidades patrimoniales).

Memòria Viva

Memòria Viva es la revista anual de Patrimoni-PEU y se estructura en tres partes bien diferenciadas: proyectos y experiencias de los Grupos Locales (Comunidades Patrimoniales), invitaciones y colaboraciones de especialistas que participan en nuestras jornadas y actividades y, por último, autores y autoras que presentan sus propuestas a la convocatoria anual de artículos.

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mv07-10. La vitivinicultura en Viver. La vendimia

Escrito por Grupo de Recuperación de la Cultura del Vino en Viver. Ismael Sanjuán Monzonís el . Publicado en Memòria viva.

1. Introducción

La vendimia es el proceso de recolección de las uvas de la vid para elaborar las diferentes variedades de vino y bebidas similares o derivadas. Explicar aunque sea en síntesis cómo se ha ido realizando la vendimia en Viver es un tema especialmente complejo, y sobre todo si se pretende abarcar desde la introducción de la vid en Viver por los soldados de Marco Porcio Catón en 193 a. C. hasta prácticamente nuestros días. Responder con rigor a esta pregunta es tarea ardua, extensa y que requiere un trabajo de investigación histórica que supera por el momento nuestras disponibilidades. En consecuencia, hemos elaborado una aproximación al tema destacando algunos de los elementos más significativos o de mayor trascendencia en la dilatada evolución histórica de esta actividad agrícola.

01 vendimia

Busto de Dionisos encontrado en Sagunto (S. I-II d.C.). Barba rizada, con 6 bucles buscando la simetría y bigote caído por los extremos. Sobre la cabeza una corona de hiedra y frutos en corimbo. Era el dios romano de la vid y el vino.

2. Determinación de la fecha de vendimia

Responder teóricamente a la pregunta ¿cuándo se debe vendimiar? es fácil: cuando la uva está madura. Pero esta fácil respuesta abarca tantos matices y tantos factores a tener en cuenta que en la práctica la incertidumbre se adueña de la situación y resulta muy difícil tomar la decisión. Acordar la fecha de comienzo de la vendimia siempre ha sido, y hoy continua siendo, una de las determinaciones más complejas que debe tomar el viticultor, puesto que como decía el abad Pluche en 1755 de la diligencia de la vendimia depende la calidad del vino. Para acertar en la solución de este problema había y hay que tener presente los siguientes aspectos:

1. Era necesario tener tres parámetros controlados. El primero, conocer el porcentaje de azúcar en la uva; el segundo determinar la acidez, que es un elemento fundamental en la conservación del vino y, finalmente, el color de la piel u hollejo, puesto que en el hollejo se encuentran los pigmentos, los aromas y los taninos.

2. Si la calidad de un vino se fundamenta en el nivel de maduración del hollejo, por otra parte también es importante la función de la pruina. La pruina es una capa cerosa que cubre el exterior del hollejo y no solo protege el fruto, sino que también en ella se depositan las levaduras, responsables de la trasformación del mosto en vino.

3. Existe otro elemento a tener en cuenta: el terruño. El terruño o terroir influye decisivamente en el carácter del vino y precisamente por eso uvas de la misma variedad cultivadas y vinificadas del mismo modo sin embargo dan vinos diferentes dependiendo del terruño donde fueron cultivadas. El terruño abarca un amplio conjunto de factores no siempre fácilmente ponderables: a) el clima, b) la temperatura, c) la insolación, d) el viento, e) la pluviometría, f) la humedad, g) el tipo de tierra o roca madre, h) la profundidad y composición del suelo, i) la variedad o vidueño, que determina que las variedades tempranas están maduras fenológicamente 100 días después de la floración y las tardías a los 115 días, j) la altura, k) la sanidad de la uva, l) las técnicas de cultivo, y finalmente m) la degustación de las uvas. También la calidad de las instalaciones de la bodega, de los toneles de maduración e incluso la intervención del viticultor y del elaborador, pueden incluirse en este concepto.

Es cierto que después de tantos años del manejo de la viña y de elaborar vino la cultura vitivinícola llegó a ser importante y patrimonio de la gran mayoría de los agricultores viverenses. Pero también es verdad que de la consideración de los tres puntos anteriores podemos concluir que para valorar adecuadamente todos estos parámetros se requería de personas cuya sabiduría y experiencia los capacitara para tomar decisiones acertadas.

02 vendimia

Museu Arqueològic de Sagunt. Àmfores vinàries utilitzades en l'època romana per a transportar a Roma vi elaborat en la vall del Palància.

3. Los veedores

Si reflexionamos sobre todo lo que hemos mencionado en el punto anterior y añadimos que los impuestos sobre la producción y venta de vino contribuyeron sustancialmente a las arcas de los poderes públicos, podremos entender con facilidad que históricamente haya estado reglamentado el tiempo de vendimia. Sobre este tema de impuestos sólo mencionaremos que el año 1627 se publicó en Valencia la “Crida dels Capítols Conferents” que recogía lo acordado por las Cortes de Monzón del año anterior sobre impuestos vitivinícolas y allí aparece nuestro “Vibel” entre otros pueblos que debía contribuir con 12 sueldos por cada bota de sesenta cántaros. Así pues, era la autoridad municipal la que dictaba no solo el día de inicio sino también la fecha de recolectar cada variedad y de qué zonas. A tal efecto, el ayuntamiento contaba con una o varias personas expertas que, analizados los factores comentados anteriormente, proponían el inicio de la actividad al ayuntamiento y este establecía cuándo, qué y dónde se vendimiaba, comunicándolo al vecindario mediante bandos. Estos observadores, estos expertos asesores, se denominaban “veedores” y su existencia está datada desde mediados del siglo XVI. La intención de este procedimiento abarcaba, entre otros, dos aspectos fundamentales. Uno era evitar que se recolectara la uva verde, de la que se originarían con toda seguridad vinos de mala calidad, desprestigiando así el buen nombre de los vinos del pueblo. El otro, impedir el hurto de uva.

En los primeros tiempos, los veedores valoraban las circunstancias atmosféricas del año, el clima, la exposición del viñedo, la variedad de cepas, el paladar dulce, espeso y viscoso de la uva, si el pedúnculo ya estaba obscuro y leñoso y había perdido el color verde, si al arrancar un grano se soltaba con facilidad y quedaba adherido al pedicelo parte del pincel, si las pepitas ya estaban duras y mostraban un color leñoso, habiendo perdido la blandura y el color verde, si la uva blanca tomaba color amarillo y la tinta violáceo e incluso si era menguante o luna vieja para que el vino saliese mejor y durara más tiempo. La experiencia que los veedores iban acumulando año tras año les permitía conocer con bastante acierto cuál era el mejor momento para vendimiar.

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Restos de paredes en el Monte de La Peña Roya (Viver). En el periodo de 1850 a 1915 se extendió la viña incluso hasta los montes más lejanos del pueblo. Foto Ismael Sanjuán.

4. Medición de los parámetros del mosto y del vino

A partir de mediados del siglo XVIII se empieza a disponer de instrumental para poder determinar la densidad del mosto y se descubre que si éste permanece constante durante una decena de días ya no aumentaría y sí disminuiría otro elemento fundamental de la futura composición del vino: la acidez. Para precisar sus cálculos tanto los veedores como los vitivinicultores empezaron a utilizar instrumentos de medición desde 1768, cuando Antoine Beaumé construyó el areómetro o mostímetro para medir la riqueza de azúcares de un mosto y deducir el alcohol probable del vino. También Karl Balling en 1843 introdujo la escala o grados Brix, que hoy es el método oficial de la Comunidad Europea. En 1800 Oechle invento el sistema de medida de la densidad del mosto y finalmente, Gay-Lussac en 1810 formuló la ecuación según la cual el azúcar (glucosa y fructosa) de un mosto es igual a alcohol etílico más dióxido de carbono.

Todos estos instrumentos mencionados eran aparatos de una fiabilidad aproximada. La exactitud en estas mediciones llegó cuando Jules Salleron en 1870 inventó el primer alambique, el acetímetro y, sobre todo, su famoso ebullómetro, utilizado todavía hoy, herramientas ya de una gran precisión para determinar los componentes del vino.

5. La libertad de vendimia

Por muy entendidos que fueran los veedores, utilizaran ya algún instrumento de medición y aunque sus decisiones fueran objetivamente acertadas, frecuentemente los viticultores las asumían con desagrado y aduciendo en ocasiones que se les perjudicaba. Confirma este posicionamiento el siguiente texto en 1567 de la Real Audiencia de Valencia:“Los síndicos de Jérica, Viver, Caudiel y Benafer solicitan a la Real Audiencia que autorice a sus habitantes para poder vender libremente sus cosechas de vino a los serranos y a cualquier otra persona dado el volumen de su cosecha”. El descontento contra la tutela municipal creció, y al final las Cortes tuvieron que tomar cartas en el asunto.

La primera norma liberadora de esta obligación fue un decreto de las Cortes del 8 de junio de 1813. Siguieron tres normativas más en 1831, 1834 y 1842 recordando la libertad de vendimia. No obstante, y quizá para controlar mejor el aspecto recaudatorio de los impuestos que gravaban la producción de vino, como el derecho de puertas y consumos, los ayuntamientos en general mantuvieron vigente la determinación del periodo de vendimia por parte de la administración.

Solo la llegada de las sociedades y cooperativas desvincularon a los viticultores del sometimiento a la obligación de iniciar la vendimia en la fecha fijada por el ayuntamiento. Pero también es cierto que estas entidades continuaban y continúan incluso en la actualidad estableciendo con criterios similares un servicio de control de la maduración para informar a las organizaciones y a los socios cuándo es el momento adecuado para empezar la recolección de la uva. En este sentido nos gustaría poder comprobar si la “Defensora de Viver”, primera sociedad agrícola de nuestro pueblo de la que conocemos su existencia en una fecha doblemente simbólica 1915, por ser el año de la llegada de la filoxera a Viver y por cumplirse ahora cien años, tomó alguna medida en esta línea. No lo podemos comprobar y solo nos cabe lamentarnos y denunciar una vez más el saqueo e incendio realizado por unas treinta personas de otra localidad el 28 de julio de 1936 de prácticamente todo nuestro patrimonio arquitectónico y archivístico: la iglesia parroquial, las ermitas, el cuartel de la Guardia Civil, los archivos del ayuntamiento, del juzgado municipal, del juzgado de instrucción, de la notaría, del registro de la propiedad, de la casa abadía y de todas las entidades sociales. Dado el volumen de destrozos realizados por este grupo de forajidos e iconoclastas y el tiempo necesario para ejecutarlos, es seguro que contaba con el consentimiento tácito o expreso del ayuntamiento de Viver, presidido por Félix Parreño Martínez, que era el alcalde ya desde el 17 de marzo de 1936 y continuó hasta el 14 de diciembre del mismo año.

04 vendiamia

El Covacho (Viver). En escarpadas laderas los viverenses construían paredes para poder acumular suficiente tierra que permitiera plantar, al menos, una cepa.

6. Variedades de vides que se cultivaban en Viver

En lo que respecta a las variedades de cepas cultivadas en el valle del Palancia y también en Viver explico más extensamente las variedades menos conocidas o que ya no existen y solo menciono el nombre de las que actualmente aún se plantan.

Entre todas destacaba por extensión de cultivo la murviedro o monastrel, cuyo vino era especialmente apreciado, sobre todo para envejecimiento.

También se empleaba la pampolat, pampolera o pampol rodat. Era, según Buenaventura Aragó, una uva un poco rojiza, con granos de tamaño más bien gruesos. Su pulpa y su jugo era dulce con hollejo delgado, por lo que le atacaba fácilmente la podredumbre. Sus racimos eran bastante grandes. Era una planta de gran desarrollo haciéndose un cepa muy crecida y gruesa. Echaba mucha rama. Pedía frecuentemente cultivo con tierra muy mullida, prefiriendo sitios altos pero resguardados del sol. De ella, en 1765, dice el agrarista José Antonio Valcárcel que producía un vino “exquisito y que mezclado con una quinta parte de Negrilla resulta especialísimo en fuerza y color”.

La negrilla, según el Diccionario de Collantes y Alfaro, era una uva negra, de pulpa y hollejo fuertes y de jugo dulce, Su racimo era regular, con el grano algo más redondo que la pampolera y duraba y aguantaba en extremo. Su cepa era de un bello verde, solía hacerse grande y requería tierra sustanciosa. Esta uva era buena para comer. Sola producía un vino muy fuerte y espiritoso y por su vigor era excelente para dar fuerza y color al vino de otras uvas.

Aunque en mucha menor extensión se cultivaba la garnacha.

Varias personas mayores de Viver me han indicado que se cultivaba también una uva llamada morenillo. Su uva era bermeja, de racimo largo y apretado, con el pedúnculo largo y tierno. El grano era algo largo, con hollejo delgado y pulpa dulce, que cruje cuando se le rompe. Los entrenudos medían poco más de tres dedos y su hoja era de verde obscuro. Maduraba pronto y su vino solía ser de los mejores en fuerza y suavidad.

Otra variedad de la que todavía quedan algunos ejemplares en Viver es la royal. Es una uva bermeja, de racimo apiñado y corto, con hollejo de grano tierno y jugo dulce. Es una cepa que requiere dejarse alta y en parra. Frecuentemente la hemos visto por Viver en las puertas de las casas e incluso ascendiendo su tronco hasta la altura de tres pisos para extenderse ampliamente por la terraza. Echa los sarmientos largos y su hoja es ancha y tira a colorada. Es una uva buena para comer y aguanta muy bien colgada en graneros secos y aireados hasta la primavera.

Buenaventura Aragó afirma que en Jérica y pueblos inmediatos como Viver se cultivaba una uva blanca llamada jataví, cuyo racimo es de seis u ocho libras, claro, de grano largo con la pulpa tierna y su hollejo delgado. Su madera es bronca y rojiza, con la hoja grande, de un hermoso verde. Es mejor para parra que para cepa, y su uva que no sirve para hacer vino se guarda para el invierno.

Desde su aparición en el siglo XVIII en la zona del Levante se cultivaban en Viver algunas viñas de planta nova, que tenía una doble aplicación, bien para mesa o también para vino pero siempre mezclada con otras uvas.

Y finalmente la moscatel, que se utilizaba para consumo en fresco en mesa y para la elaboración de pasas.

7. Las cuadrillas de vendimiadores

Resuelto el calendario de vendimia por variedades y zonas, la consecuencia lógica es que no todos podían vendimiar los mismos días. Precisamente por ello las familias de clase media o baja que por las características de sus cultivos no podían vendimiar, ayudaban a las que sí estaban autorizadas a cuenta de que llegado el momento devolverían el trabajo prestado. Así pues, se constituían cuadrillas de familiares, donde todos eran útiles: hombres, mujeres y niños. También en ocasiones participaban los amigos en la cuadrilla familiar. Con estas ayudas de apoyo familiar y amistad conseguían acatar la orden municipal de vendimia y al final cumplir el programa previsto para todos. Esta era la táctica habitual. No obstante, es cierto que en Viver también había propietarios importantes con numerosos campos de viña y que aunque solían ser familias numerosas, ellas solas no eran suficientes para realizar el trabajo en el tiempo adecuado. Estos terratenientes se veían en la obligación de demandar mano de obra. En estos casos el mismo propietario o su encargado, cuyo salario era poco más de vivir y comer él y su familia en la propiedad, buscaban y dirigían la cuadrilla. Pero ni en este supuesto se daba el caso de cuadrillas de vendimiadores a jornal, ya que habitualmente conseguían conformar una cuadrilla suficiente compuesta de vecinos que les adeudaban favores económicos o préstamos.

8. Preceptos prácticos de recolección

Una vez concretada la cuadrilla de vendimiadores y antes de ponerlos al tajo convenía recordarlos los preceptos prácticos de recolección. Como muestra resumimos los propuestos en 1901 por Diego Pequeño:

1. Vendimiar en tiempo seco y templado.

2. Recoger primero las variedades tempranas, después la uva madura de las variedades tardías y dejar la verde para una segunda o tercera vuelta.

3. Eliminar uvas dañadas o verdes.

4. Cortar con tijeras para evitar el desgrane que produce el empleo de la navaja o el podoncillo.

5. Que un capataz inteligente ordene el trabajo de los vendimiadores.

6. Comenzada la vendimia, acabarla cuanto antes.

7. Lavar los racimos cubiertos con azufre, caldo bordelés o con barro.

8. Téngase en cuenta que solo las vendimias efectuadas en buenas condiciones pueden producir selectos vinos.

Estos preceptos se seguían para producir vino de consumo, pero no con tanto rigor si se sabía que ese vino sería destinado a la producción de alcohol.

9. Cortar la uva

Estrictamente hablando, cortar la uva de las cepas es la faena que llamamos vendimia. Desde los tiempos más remotos la vendimia era una fiesta de las gentes del campo, dada la satisfacción que proporciona la recolección de un fruto tan delicioso en mesa y tan agradable convertido en vino. Celebrada la fiesta y con todos los preceptos aclarados, al amanecer partía la cuadrilla hacia la viña más bien pronto, puesto que en estas fechas las horas de sol son cada vez menos y entre ir y volver a pié o a paso de caballería se reducía la actividad de la jornada. No obstante, la vendimia se iniciaba no solo sin lluvia sino una vez que el sol ya había evaporado el rocío para no rebajar el grado. Teniendo en cuenta las características vegetativas de las variedades cultivadas y en especial de la mayoritaria en el término: la monastrell, de lenta y tardía maduración, estamos ya a mediados de octubre o principios de noviembre y aun así era muy poco probable que hubiese llegado a una madurez exagerada. Era frecuente recoger algunos de los mejores racimos para colgarlos en el granero y tener postre para los tres o cuatro de la cuadrilla, puesto que el frío invernal mantenía el estado sanitario de la uva. Los propietarios, o en su caso capataces de la cuadrilla, organizaban y dirigían la actividad. Debía existir una relación ajustada entre el número de vendimiadores y el de pisadores en el cubo, de forma que llegada la noche, no quedase por estrujar nada más que la uva indispensable para que al día siguiente se pudiese continuar el pisado hasta que llegase desde la viña la primera reata de transportadores. Como hemos indicado, habitualmente se realizaba una primera pasada cortando los racimos maduros y dejando los más verdes para una segunda o tercera vuelta.

En principio, por cada tira de cepas, que según dice Cavanilles distaban entre sí siete palmos, se colocaban dos personas, portando baldes o cestas, que una vez llenas, entregaban a los ayudantes para vaciarlas en los banastos. Cada cuatro o cinco vendimiadores eran asistidos por un ayudante o en cualquier caso, los suficientes para que no se paralizara la cuadrilla. Los banastos utilizados en otras zonas eran de madera o caña y con forma de cesta o capazo grande. Los banastos o portaderas que se usaban en Viver tenían como objetivo ser llevados a lomos de caballería frecuentemente por sendas y laderas de importante desnivel, por lo que debían aguantar bien y sin deformarse, llenos de uva, la sujeción a las amugas y el vaivén de la marcha de la cabalgadura.

10. Cestas y banastos de mimbre

La materia prima para la fabricación de estos artilugios procedía de la mimbrera (salix). Se plantaba de noviembre a febrero y se recolectaba en los mismos meses del año siguiente. Su cultivo era muy fácil. Se reproducía por estaquilla, clavando un trozo de mimbre en la tierra, dejando al menos una distancia de medio metro entre planta y planta. Las mimbreras abundaban mucho por el término de Viver y dado que requería riegos frecuentes para su crecimiento, se plantaban en el margen o en algún punto ancho de alguna acequia, barranco o en el río Palancia. Si se plantaba en el campo la mimbrera debía ser regada con frecuencia y necesitaba estiércol o abono. Se cortaban los mimbres en la luna menguante de enero o febrero, puesto que en esas fechas el frío y las pocas horas de luz contraen la sabia del árbol. En consecuencia el secado era más rápido y con menos probabilidad de que se arrugase.

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Banasto de vendimia de mimbre encontrado por el Grupo de Patrimonio en el espacio vitivinícola, detrás de la Ermita de Santa Bárbara. Centro de interpretación de la vid y el vino de Viver. Foto Ismael Sanjuán.

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El entretejido del banasto se realizaba sobre las varas madre, más gruesas y resistentes, en este caso son de madera, que se alzaban cual columnas y sobre las que se tejía el entramado con mimbres. Observamos también el fuerte cordón o cierre que coronaba las paredes y las asas para el trasporte o atado sobre las amugas.

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La capacidad de los banastos oscilaba entre 75 y 100 kilógramos. Eran imprescindibles para el trasporte la uva por caminos de herradura. Foto Ismael Sanjuán.

La preparación de los mimbres precisa de un cuidado especial. Los más gruesos se destinaban para los banastos y los restantes para las cestas. El mimbre es un tipo de madera duro y resistente y a la vez muy flexible. Sin pelar se dejaban secar. Una vez secos se seleccionaban por tamaño y grosor y agrupándolos en manojos se almacenaban en espacios protegidos del sol directo y con temperatura y humedad constante. Un sótano no muy húmedo era un buen sitio. Para poder ser trabajado el mimbre debe humedecerse convenientemente hasta que se haga flexible y no pueda quebrarse. Por esa razón cuando iban a ser utilizados se les ponía previamente a remojo en torno a diez minutos para que recuperaran la flexibilidad adecuada sin decolorarse.

La construcción del banasto empezaba entretejiendo el fondo en forma de elipse, cuyo eje mayor era el doble que el menor. Este entretejido se realizaba con las varas madre, más gruesas y resistentes, que salían hacia arriba constituyendo las columnas para alzar las paredes, las cuales ascendían abriéndose respecto a la base y sobre las que se tejía el entramado con mimbres más delgado. Alcanzada la altura deseada, un fuerte cordón o cierre coronaba las paredes, constituyendo la boca del banasto otra elipse de doble anchura que la básica. A ambos extremos del eje mayor de la elipse de la boca y situadas por debajo del cordón de remate se colocaban sendas asas. Estas asas se hacían de madera de latonero o cerezo. Tenían forma de gancho, de V invertida, siendo el lado que se incrustaba en el entrelazado del banasto el triple de largo que el lado que quedaba libre para el trasporte o atado sobre las amugas.

Las cestas de vendimia en ocasiones eran ordinarias y los más diligentes también la hacían en forma de un cono truncado, larga y chata para evitar estrujamiento de las uvas. El día antes de empezar la vendimia los banastos y las cestas de mimbre se introducían a remojo en el agua de la acequia o del el río para fortalecerlos, ya que usarlos estando secos los hacía frágiles.

11. Transporte de la uva al lagar

Cuando ya los banastos estaban llenos se cargaban, dependiendo del camino, en carros o a lomo de caballerías, aparejadas con albarda y amugas, a las que el banasto se sujetaba fuertemente con una buena cuerda de cáñamo o esparto. En ocasiones varias caballerías iban unidas en reata transportando los banastos con la finalidad de que permanecieran vendimiando el máximo de miembros de la cuadrilla. Nada más llegar al lagar se descargaban los banastos y cargados con otros vacíos la reata volvía a la viña. Terminado el trasporte se lavaban los baldes y banastos para evitar que el zumo adherido iniciara fermentaciones indeseables y sirviera de atractivo para moscas y mosquitos. Esta operación se repetía diariamente al final de la jornada una vez vaciados los banastos y también, si cabe con más esmero, al concluir la vendimia, guardándolos en espacios secos para que no apareciera ningún olor a moho que pudiera perjudicar la cosecha de la siguiente campaña.

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Mi abuelo Manuel Monzonís Pérez montado a caballo y con sendos banastos de camino a vendimiar. Aunque la foto muestra aquí un camino aceptable, después se estrechaba y ascendía en pendiente hasta llegar a la viña.

09 vendimia

Mi abuelo Manuel Monzonís Pérez con cesta de mimbre y podoncillo en la mano vendimiando. Dada las pocas hojas que le quedan a la cepa estamos ya bien entrado Octubre.

Bibliografía

Abad M. Pluche (1755): El espectáculo de la Naturaleza. Oficina Joachin Ibarra. Madrid
Aragó, B. (1871): Tratado completo sobre el cultivo de la vid y elaboración de vinos de todas clases. Librería Central de D. Mariano Escribano. Madrid
Bailly – Bailliere – Riera (1915): Directorio Valenciano. Guía especial de las provincias de Alicante, Castellón de la Plana y Valencia.
Brunet, R. (1904): Material vinícola. P. Salvat Editores S.A. Barcelona.
Carbonell y Bravo, F. (1820): Arte de hacer y conservar el vino. Editor Antonio Brusi. Barcelona
Carbonell Rubio, J.R. (1996-1997): La prensa agraria saguntina. La Vitivinícola Saguntina (1887-1888)
Esteban Collantes, A y Alfaro, A. (1853): Diccionario de agricultura práctica y economía rural. Imprenta a cargo de D. Antonio Pérez Dubrull. Madrid
Melero Rodríguez, J. (1899): Vinos y vinagres. Librería Editorial de Bailly – Bailliere e hijos. Madrid
Pequeño, D. (1901): Cartilla vinícola. Tipografía del Sagrado Corazón. Madrid
Piqueras Haba, J. (1999): El legado de Baco. Los vinos valencianos: desde la Antigüedad hasta nuestros días. Editorial Gules S.L. Valencia 1999.
Real Jardín Botánico de Madrid (1808): Semanario de Agricultura y artes dirigido a los párrocos. Imprenta de Villalpando. Madrid
Rueda y López, D.: Vinificación moderna. José Gallage editor. Barcelona
Sanz de Bremón, M. (1881): Contestación al interrogatorio publicado por la D.G. de Agricultura con fecha 20 de Enero de 1881.

Grupo de Recuperación de la Cultura del Vino en Viver. Ismael Sanjuán Monzonís

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